Cuando asesinan a un buen líder político, el pueblo pierde la fe

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En la noche del 21 de abril de 1993 en el municipio de Algeciras, Huila, no solo asesinaron a un líder, sino también a una parte de la esperanza de una comunidad.

Por: Angie Dayana Claros Hermida

Rafael Salazar
En la fotografía Rafael Salazar. Foto:Katherine Salazar

Rafael Salazar Salgado, concejal por el Partido Liberal en Algeciras, llegó a su residencia en la Vereda las Morras de Algeciras sobre las 06:30 pm y como era costumbre, saludó a su esposa María Ignacia Gonzales, prendió la televisión y se dispuso a descansar. A las 7:30 pm uniformados miembros de la Columna Móvil Teófilo Forero de las ya extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC- EP), tocaron la puerta de su casa y le dijeron que tenían órdenes del comandante, y que por tanto lo necesitaban para que les hiciera un recorrido en el carro que tenía Don Rafael. Él  obedeció la  orden y salió de su casa. Según la versión de Doña María González,  su esposa, lo llevaron  por un sendero aledaño aproximadamente a 60 metros de la vivienda y le propinaron cuatro disparos y luego utilizaron el machete que Don Rafael tenia el habito de cargar para acabar con él.

En entrevista con Katherine Salazar, nieta del Concejal, la joven de 23 años hizo mención de una historia que le contó Doña María, su abuela -quien ya falleció- sobre lo sucedido esa noche. Doña María recordó que cuando escuchó los disparos supo que le habían matado a su esposo. Ella corrió hacia el lugar de los hechos y al encontrar el cadáver de su esposo se le entristeció el corazón e inmediatamente fue a la casa por una sabana para cubrirlo. Corrió rumbo a la vivienda del hermano de Don Rafael, Don Arcadio Salazar, que quedaba a unos 30 minutos de donde ellos vivían, para pedirle ayuda para trasladar el cadáver al centro poblado para la respectiva necropsia. Alrededor de la media noche, el hijo de Don Arcadio Salazar se dirigió al pueblo para conseguir el transporte y poder trasladar a su tío, y no fue hasta 3 horas más tarde que consiguió un carro que tenía como destino el hospital municipal.

El 22 de abril de 1993, la noticia de la muerte de Rafael Salazar y otras 4 personas más de la comunidad fue el comentario principal en el desayuno de familiares, amigos y conocidos, pues no podían creer lo que había pasado esa noche. Todos ellos fueron notificados del hecho y poco a poco cada uno de sus 7 hijos fueron llegando al municipio desde diferentes ciudades del país para darle el último adiós a su padre. Entre los hijos del difunto se encontraba Alfredo Salazar, quien un año antes de los hechos había salido huyendo de su pueblo por unas amenazas que había recibido por parte de la guerrilla. Alfredo cuenta que el primer pensamiento que le llegó a la cabeza cuando le contaron que su padre estaba muerto, fue que su muerte había sido producto de un accidente en el carro que Don Rafael tenia, pues jamás imaginó que hubiese fallecido de esa forma tan atroz.

katherine y padre
En la fotografía Katherine Salazar y su padre Alfredo Salazar. Foto: Katherine Salazar.

En conversación con Alfredo Salazar padre de Katherine Salazar e hijo de Don Rafael Salazar, cuenta que la última vez que vio vivo a su padre fue en la semana santa de 1993. Alfredo recuerda que en esos momentos su papá le mencionó algunas inconformidades que había tenido con este grupo armado por razones políticas y económicas, pues estaba aburrido de los chantajes que recibía por parte de ellos, y ya no quería seguir dándoles dinero ni que lo estuvieran amenazando por las actividades políticas que él realizaba constantemente en la comunidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

David Copete, politólogo y jefe del programa de Ciencia Política de la Universidad Surcolombiana, nos explica las consecuencias y lo que genera en una comunidad el asesinato de líderes políticos y sociales en Colombia:

En la muerte de Don Rafael no hubo una investigación por parte de las autoridades porque los familiares fueron amenazados y prefirieron salvaguardar la vida de Doña María pues una de las razones fue que el grupo armado le hizo saber a los familiares  que si se ponían a investigar para responsabilizar a alguien por el asesinato de Don Rafael, Doña María iba a terminar igual, y precisamente por ese motivo los hijos de Don Rafael prefirieron tomar precaución y no poner la respectiva denuncia con la policía y evitar problemas. 

Libardo Chil, abogado litigante y conocedor de la historia de Algeciras, en entrevista con El Digital, recuerda aún los hechos que ocurrieron hace 23 años, y cuenta como fue recordado Don Rafael por la comunidad Algecireña, “muchos están de acuerdo en que fue un hombre muy generoso, que perteneció al Partido Liberal, que desde su labor se encargó siempre de ayudar a la comunidad por eso tenía ganado el cariño de varias personas”. Asimismo Libardo recuerda una anécdota sobre Don Rafael, cuenta que hubo un tiempo en que a Algeciras se le estaban realizando algunos arreglos y mantenimientos a las vías, y que habían muchos trabajadores que operaban en las maquinarias que llevaban a cabo dicha función y Don Rafael se encargó de darles alimento a estos señores mientras se llevó a cabo dicha obra en el municipio. Aquella acción para Libardo fue muy significativa y digna de apreciar en una persona como Don Rafael Salazar.

Cuando se preguntó a Libardo Chil acerca de lo que significó el  asesinato  de un líder político-social como Don Rafael y muchos otros para la comunidad de Algeciras, esto fue lo que respondió:

 

La técnica del miedo de la que nos habla Libardo es el arma más potente que han tenido los actores armados para silenciar las voces de aquellos que luchan por la comunidad: lideresas y líderes políticos, sociales, campesinos, profesores, estudiantiles, entre muchos más. Han sido muchos años en los cuales se ha evidenciado esta práctica por parte de estos grupos, todos estos actos no solo afectan a las familias de las víctimas, sino a toda la población, porque les atemoriza participar en temas políticos y sociales de la comunidad y optan por abstenerse de dar cualquier opinión respecto a ellos, como si el silencio fuera la única forma de salvaguardar su vida.

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