La educación, una víctima más del Conflicto Político, Social y Armado

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Los acontecimientos del Conflicto Político, Social y Armado ha afectado por más de 50 años el desarrollo de la educación de los niños, niñas y jóvenes de la vereda Las Damas en San Vicente del Caguán (Caquetá).

El departamento del Caquetá, desde el año 1960, se ha posicionado como un lugar estratégico para las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) para su expansión y financiación, ya que allí fue donde se conformó el Bloque Sur de las FARC, se refugiaron frecuentemente sus principales comandantes, tuvieron lugar los procesos de paz fallidos en el gobierno de Andrés Pastrana y se disputaron entre grupos paramilitares durante varios años el control de las actividades relacionadas con el narcotráfico. 

De acuerdo con un análisis realizado por Fundación Ideas para la Paz el 04 de abril del 2014 en el cual se indica que, “A pesar de los diferentes operativos en contra de las FARC por la fuerza pública y del debilitamiento de su poder militar, en la actualidad el Bloque Sur es la unidad militar predominante en los dos departamentos (Caquetá y Putumayo) además de ser la segunda estructura más fuerte de esa guerrilla en el país, después del Bloque Oriental”. Por ello, municipios como San Vicente del Caguán – Caquetá, son tierras que han tenido que vivir bajo la sombra del Conflicto desde hace más de 50 años, dejando como resultado un amplio historial de violencia en todas sus formas; afectando así procesos sociales fundamentales como la educación. 

Por lo anterior, la educación de los niños, niñas y jóvenes de estos territorios se ha visto quebrantada, porque aunque quisieran tener años escolares normales, las prácticas de la guerra no lo permiten, así lo relata Karla*, una joven procedente de la vereda Las Damas de San Vicente del Caguán, “No era fácil ir al colegio, por el miedo a ser reclutada en el camino o por los bombardeos”

De acuerdo con el trabajo de grado, “Educación Rural: Una víctima (in)visible del conflicto armado interno. Aportes para su comprensión desde las narrativas de maestros  y maestras del departamento del Tolima”, para quienes no han sufrido el Conflicto de manera directa, quizás las escuelas pueden verse como lugares “seguros” porque solo se refugian menores de edad y tal vez no representa ningún peligro; sin embargo, no siempre sucede así, estas se ven inmersas en la violencia ejercida por actores armados, “Una vez la guerrilla puso un explosivo bajo unos columpios del colegio para los militares, porque era común que ellos rodearan esa zona pero menos mal se detectó, se desactivo a tiempo y nadie resultó herido” describe Karla.

A estas problemática también se suman el abandono en el que está la educación en el contexto rural; asegura Karla, que la Institución Educativa Rural Villa Carmona de Las Damas, donde estudiaba, no contaba con condiciones necesarias para la enseñanza, recibían sus clases sentados sobre troncos de árboles y en los días de lluvia se dificultaba el acceso al lugar por el mal estado de la vía. 

Las Damas, Caquetá.

Tras la continuidad de la violencia y el olvido en estos territorios, la educación se ve como una lucecita de esperanza, aunque alumbre bajito. Así lo percibe Oscar Neira, periodista, egresado de la Maestría en Conflicto, Territorio y Cultura y profesor universitario en Florencia (Caquetá), “…como sujeto político y que concibe la educación como un acto político, el o la docente deben comenzar a desarrollar su labor pensando siempre en la transformación, en el cuidado (porque los ambientes rurales de estas zonas son hostiles por la guerra), en el diálogo y en la promoción de los derechos humanos.”

También manifiesta que cuando el Conflicto permea lugares como la escuela, es muy difícil mantener el rol de “mediador” que asumen muchos profesores al enseñar en territorios en los que habita la violencia, “Cuando el conflicto se ha degradado es que el docente no puede hacer más que reventarse con esas realidades de la guerra y por eso tiene que desplazarse muchas veces. Esto ocurre porque ya no hay lugar para esa narrativa mediadora y de construcción del diálogo político y pedagógico. Es difícil que eso ocurra (a mi me pasó) porque entonces uno tiene que ver cómo sus estudiantes no están en entornos protectores sino que quedan a merced de la dinámica de la guerra.” Esas dinámicas de la guerra a las que se refiere Neira, son las mismas que evidenciaba Karla, como amiga, vecina y hermana; que en su caso como mujer, las únicas posibilidades que encontraba en su entorno eran, buscar un marido, sumarse a las fuerzas militares o a las filas de los grupos insurgentes, estudiar hasta noveno o irse, si es posible, para terminar sus estudios y realizarse.

A pesar de esas realidades difíciles, durante la conversación con Karla se siente en sus expresiones faciales y sus maneras de narrar sus experiencias, la naturalización de estos hechos; la psicóloga y maestra en educación y cultura para la paz de la Universidad Surcolombiana María Catalina Varela menciona que los sobrevivientes del Conflicto directo, encuentran precisamente como mecanismo de defensa la normalización de esos hechos bélicos para continuar la vida sin miedo.

Como lo asegura la psicóloga Varela, es necesario aprender a recuperar la sensibilidad, sobre todo en una sociedad como la nuestra, que está acostumbrada a ignorar las dolencias del otro y se visiona siempre de manera individual. Sentir, permitirá luchar por lo que nos atañe, en contra de la violencia y el olvido que carcome territorios como Las Damas; solo así, será posible trabajar en pro de la Paz que necesitamos tanto, para llenar el corazón de esperanza y construir desde la empatía memorias colectivas que nos ayuden a evitar normalizar la violencia, y a la no repetición. 

*Por cuestiones de seguridad, se ha cambiado el nombre de la fuente.

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