La familia Ávila Rivas como símbolo de lucha y resistencia

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Orgulloso de sus raíces, Hernan Ávila, oriundo del caquetá recorre el centro de la ciudad de Neiva vendiendo jugos de naranja

La historia Colombiana ha sido marcada por un gran número de acciones violentas que hicieron de esta nación, rica en campos fértiles abastecidos de variopintos cultivos, un escenario hostil desfavorable para los pobladores de zonas recónditas desplazadas al terreno baldío del olvido.

Según lo estipulado en el artículo 3 de la Ley 1448 de 2011, mediante la cual se dictan medidas de atención, asistencia y reparación integral a las “víctimas” del conflicto armado interno: “Se consideran víctimas, para los efectos de esta ley, aquellas personas que individual o colectivamente hayan sufrido un daño por hechos ocurridos a partir del 1º de enero de 1985, como consecuencia de infracciones al Derecho Internacional Humanitario o de violaciones graves y manifiestas a las normas internacionales de Derechos Humanos, ocurridas con ocasión del conflicto armado interno”.

Sin embargo, más allá de encasillárseles en el término de “victimas” a quienes afrontan las secuelas del conflicto debiera conferírseles el título de sobrevivientes por la llana razón de que pese a las circunstancias o condiciones en las que están inmersas, dicha población adquiere, saca del fondo de sus entrañas la capacidad para derrocar las barreras físicas y mentales que imposibilitan el flujo por el a veces empedrado sendero de la vida.

Don Armando Ávila, un labriego devoto por el trabajo campestre, aún conserva gratos recuerdos de la “finquita” que con sus cultivos y animales lo mantenían en pie. Era una tarde de 1999, cuando en medio de un gran festín, familias enteras recibieron de puño y letra, una nota a través de la cual, el frente 15 de las Farc que operaba en Caquetá imponía de manera arbitraria el destierro en la zona. Allí, sin importar aquella época en la que soplaban fuertes vientos en contra, un grupo minoritario de campesinos armado de valor resistía, pero sobretodo se aferraba a una postura de abnegación frente a la idea de “abandonar su lugar de origen por razones ajenas a la voluntad propia”.

“Un día, un amigo me llevó una carta en la que advertían que si no me quería morir, tenía que marcharme con lo que traía encima”. Impulsado por el instinto de supervivencia, decidió junto a su esposa María Elvira emprender la huida desprovista de un abrigo que los acompañara en las solitarias noches frías. Tres días después de su exilio, militantes de dicho bloque insurgente conquistaron el lugar que días atrás pertenecía a la dinastía Ávila Rivas. En aras de recuperar algunos artículos personales, su suegra encarrila sus pasos hacia el inmueble en el que intenta sacar una que otra prenda, no obstante, ante la negativa porque la ropa estaba destinada a ser combustible de un humazon, retorna no sin antes toparse con que las fotografías – bienes invaluables del núcleo- alojadas al interior de los cuadros habían sido resquebrajadas.

A pesar del transcurso vertiginoso de los años, el señor Ávila considera que aún aparece en las actas comunales de Montañita (Caquetá). Bastante entusiasta al momento de remover algunas memorias de su historia, recuerda el instante en que por iniciativa propia decidió donar terreno para la apertura de un centro educativo en Nueva Jerusalén. Ante un posible retorno, resultaría difícil que no le  reconozcan debido a que campesinos del área, en aras de aprovechar los días de jolgorio confluían allí, en los bazares como punto neurálgico de fortalecimiento de los vínculos comunitarios.

Posterior a la salida forzada, en el intento de hallar un refugio hospitalario que les protegiera de las inclemencias del clima, construyeron los cimientos que generarían una estabilidad temporal. Al verse maniatado económicamente, guiado por su espíritu guerrero, visualizó en la venta ambulante de zapatillas una ruta alterna que ayudaba a solventar las necesidades esenciales de la familia. En una de esas temporadas adversas o de sequía, rememora aquel día que un buen samaritano destinó parte del dinero que traía en sus bolsillos para que saldara la cuenta del arriendo pendiente.

Ubicados en el barrio Berlín en San Vicente del Caguan, hace aproximadamente veinte años presenciaron en primera plana los estruendosos hostiles efectos de la década. Pasadas las once, en una noche de mayo de 1999, Florencia (Caquetá) fue blanco de múltiples ataques explosivos en varios barrios de la zona. El primero de ellos dirigido a un mecánico del barrio “El Raicero” que en ejercicio de sus funciones reparaba motocicletas a la policía.  La segunda explosión sucedió en el sector alto de las Malvinas porque según fuentes orales quienes residían allí eran tildados  de pertenecer a grupos Paramilitares. Y en última instancia, no menos importante, el cilindro de gas de 30 kilos de pentolita que yacía en el exterior de la residencia del vecino a la espera de la orden que daría pie al estallido.

Tan pronto se enteraron de lo que ocurría, con el ánimo de emprender la búsqueda de una escapatoria al peligro entonces latente, migraron a una ciudad completamente desconocida que los recibió y asimismo fue testigo de las frecuentes situaciones desfavorables que la familia tuvo que sobrellevar. Recién arribaron a Neiva, confusos por el ritmo de vida diferente que imprime la urbe, no hallaban opciones que posibilitaran el sustento diario familiar. En aquel semestre de crisis en el que iban a la cama con el estómago vacío, “Doña Beatriz  fue un angél de la guarda que apareció, nos dio la mano al cuidar a los niños y darles de comer”.

Días más tarde de su llegada, acudió a la personería, interpuso el respectivo denuncio y a la fecha continúa esperando una pronta respuesta del gobierno nacional en materia de restitución de tierras. En una ocasión surgió una propuesta mediante la cual pretendían otorgar terrenos a grupos de diez personas desterradas que hubiesen construido un proyecto productivo. Para la puesta en marcha de ello, cada persona tenía que pagar cerca de 500 mil pesos y realizar entrega de una serie de documentos para dar inicio al proyecto. A los días fueron, invirtieron el monto establecido e hicieron entrega de la documentación exigida, no obstante, al cabo de unos meses conforme a lo estipulado en un informe, perdían todo como consecuencia de la declaración errada de un señor.

De acuerdo a la información de la unidad para la atención y reparación integral a las víctimas, ante un caso de destierro lo primero que debe hacer el individuo es llegar al punto de atención más cercano, tomar declaración con ministerio público, sea personería, procuraduría o defensoría, en ella explica el hecho por el cual fue víctima. Luego, dicha declaración es trasladada a la sede macro de la unidad de  víctimas a nivel nacional, para que se haga la respectiva valoración que resuelve si lo incluyen como víctima de desplazamiento. Al ser incluidos, instantáneamente aparecen en el registro único de víctimas y respecto al “hecho victimizante” así mismo es el apoyo que brinda la institución gubernamental creada en enero de 2012 a partir de la ley 1448 del año anterior.

“Cuando es víctima por desplazamiento se les da una atención humanitaria, según la situación de vulnerabilidad en la que se encuentre, se le da uno, dos o tres apoyos en el año”. Frente a esta afirmación, la familia asevera que la vez que dieron un mercado para uno solo, respaldados por el certificado de salud en el que indicaban que seis personas componían el núcleo familiar, sentaron su inconformidad, sin embargo, firmes en su postura, servidores de la institución insistían no estar equivocados. “Hace cuatro años me citaron para indemnizarme, es más lo que se gasta yendo a voltear, las madrugadas, las filas que la rapidez en el proceso, llamo a los teléfonos a ver si ya está todo listo y no ha sido posible comunicarme” sustenta Ávila.

En días grises, contra cualquier inconveniente, Don armando de la mano de su esposa María Elvira, Se levantan, agradecen por los frutos cosechados hasta el momento y en cuestión de minutos, a eso de las seis de la mañana salen a la vía principal con el objetivo de encaminarse al parqueadero en el que dejan sus ventas ambulantes. Ahí, en función de agilizar la preparación de los jugos, arreglan la fruta y en menos de nada, dentro lo que les caracteriza, aguardan de manera paciente  a que quien a causa de las condiciones climáticas de la ciudad, además de refrescarse, deleite el paladar con las siete o diez onzas de un “buen juguito” como lo han decidido llamar.

Video sobre cifras de desplazamiento entre 1998- 2018

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